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foto crédito:El escritor, madre de su obra

Escribir resulta más una terapia para quien lo redacta como para quien lo lee; algunas teorías literarias plantearían entonces que el autor escribe por placer propio y no para deleite del espectador o lector. Pues si me lo preguntan a mí, lo afirmo, lo creo y lo practico.

El escritor o poeta redacta, crea porque hay algo dentro de su ser en el alma que le quema, y clama por salir, grita por tener vida entre hojas, tintas, puntos, comas y tachones; porque, sí, no hay forma más maravillosa de disfrutar de dicho placer que hacerlo entre tinteros y pergaminos, lástima que ya no se use. El sonido de una pluma rasgar el papel o el pergamino es deleite para el escritor, como para el músico escuchar una nota.

Lejos de escribir para ser reconocido el escritor encuentra su recompensa en la obra ya publicada, como una madre encuentra su recompensa al tener a su hijo en brazos sin importar el dolor que sufrió al parto y los achaques del embarazo. ¿Será que puede compararse un escritor con una madre, un libro con un hijo? Pues la madre se preocupa por que su hijo lo tenga todo, sea de bien y siempre tenga lo mejor, apunto de preocuparse eternamente por su formación, prestigio y sobre todo que sea una persona de bien, sin dejar de lado el por qué lo trajo al mundo: para satisfacer su sentimiento de maternidad. Pues el creador literario parte de esa necesidad, como lo decía en principio, de escribir por su propio placer preocupándose que su obra lo tenga todo y tenga lo mejor, que sea buena y de prestigio y para bien de los demás.

Entonces ¿Ve un escritor el resultado de sus ideas como un hijo? El orgasmo mental, el rapto de la musa,  hace de un texto literario una concepción mental que hace que sí lo vea como un hijo, que lo admire como “inspiración de su inspiración” como una “idea de sus ideas”; “carne de su carne” y “sangre de su sangre”.

El escritor se preocupa tanto a por su obra que se asemeja a Dios, dice el libro sagrado, en el Génesis que: “y vio Dios que todo era bueno”. ¿Cuántas veces este “padre de las letras” lee y relee cada idea, punto, coma, letra a fin de que “todo sea bueno”?

No pretendo idolatrar a los escritores, sino dar a ver su dignidad y el nivel al que deben estar (muy por arriba de donde hoy se encuentra); el escritor tan apreciado y esmerado por su obra como una madre con su hijo, tan preocupado por su creación como Dios por la suya.

¿Y por qué decir todo esto? Porque a veces se desvaloriza tanto el papel del escritor que cuando preguntan y usted que estudia o en que trabaja, a lo que uno responde estudio filología, quiero ser escritor, o yo soy escritor, te dicen: ¿y qué es eso?, ¿y de qué va a vivir?, ¿eso lo pagan? La filología es el amor por las letras que arden y  pululan desordenadamente en el alma y el pensamiento a fin de ordenarlas, darles sentido y hacerlas cobrar vida en una hoja; y de dar fruto en las mentes de otros, sí, sí, puedo vivir de eso si la gente como usted se preocupara por leer y claro que lo pagan y la paga más grande es ver su obra terminada y ver “que todo está bueno”.

 Y creo que esto no solo le pasa a los escritores sino a todos los que se dedican al arte: músicos, actores, artistas, escultores, etc... (y me disculpan los que no nombro). A todos los que nos dedicamos al arte divino de crear y “ver que todo esté bien” mi más sentido agradecimiento por la entrega y amor con las que desempeñan sus labores, mis deseos de ánimo para seguir con la dura misión de hacer del arte una forma de vida y no un escape de la realidad.

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